Cuando los tatuajes estuvieron prohibidos: historia de un arte perseguido

Hoy en día el tatuaje forma parte de la cultura popular. Lo vemos en deportistas, médicos, profesores, empresarios e incluso en miembros de la realeza. Sin embargo, durante gran parte de la historia, tatuarse fue un acto perseguido, castigado o mal visto.
Lo que hoy consideramos una forma de expresión artística fue, durante siglos, un símbolo de esclavitud, castigo, marginalidad o incluso un delito en algunos lugares del mundo.
La historia del tatuaje es, en realidad, la historia de cómo una tradición milenaria consiguió sobrevivir a prohibiciones, prejuicios y persecuciones hasta convertirse en el arte que conocemos hoy.
Los primeros tatuajes de la humanidad
Las pruebas arqueológicas demuestran que el ser humano lleva tatuándose desde hace miles de años.
El ejemplo más famoso es Ötzi, el Hombre de Hielo, una momia de más de 5.300 años encontrada en los Alpes entre Italia y Austria. Su cuerpo conserva más de 60 tatuajes realizados con carbón vegetal.
Estos tatuajes no eran decorativos. Los investigadores creen que estaban relacionados con tratamientos terapéuticos similares a la acupuntura, ya que aparecen sobre articulaciones afectadas por artrosis.
Es decir, el tatuaje nació mucho antes de convertirse en una expresión artística.
El tatuaje en la Antigüedad
Egipcios, nubios, escitas, celtas y numerosos pueblos antiguos utilizaban tatuajes con fines religiosos, espirituales o sociales.
Para algunas culturas simbolizaban protección.
Para otras representaban el paso a la edad adulta.
En determinados pueblos guerreros servían para demostrar valentía o pertenencia a un grupo.
Pero no todas las civilizaciones los veían igual.
Cuando el tatuaje comenzó a ser rechazado
Con la expansión del Imperio Romano, el tatuaje empezó a adquirir un significado diferente.
Los romanos tatuaban a esclavos, prisioneros y criminales para identificarlos.
El tatuaje dejó de ser un símbolo de identidad para convertirse, en muchos casos, en una marca de control.
Esta asociación con el castigo hizo que poco a poco fuera perdiendo prestigio en parte de Europa.
La prohibición del cristianismo
Uno de los momentos clave llegó con la expansión del cristianismo.
Aunque la Biblia no prohíbe de forma absoluta los tatuajes, existe un conocido pasaje del Levítico (19:28) que dice:
“No haréis incisiones en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis marca alguna sobre vosotros.”
Con el paso de los siglos, numerosos líderes religiosos interpretaron este texto como una prohibición.
En el año 787, durante el Concilio de Northumbria, el papa Adriano I apoyó medidas para desalentar las marcas corporales permanentes entre los cristianos.
No desaparecieron completamente, pero durante muchos siglos el tatuaje quedó asociado a pueblos considerados paganos.
Japón: del arte al crimen
Pocas historias son tan sorprendentes como la de Japón.
Durante siglos existieron tatuajes decorativos de enorme belleza.
Sin embargo, entre los siglos XVII y XIX comenzó a utilizarse el tatuaje como castigo judicial.
A muchos delincuentes se les marcaba de forma permanente para que toda la sociedad conociera sus delitos.
Como consecuencia, el tatuaje quedó asociado a la criminalidad.
Con el tiempo, algunos grupos organizados, como la Yakuza, adoptaron el tatuaje como símbolo de pertenencia.
Esa relación provocó que durante décadas los tatuajes fueran mal vistos en gran parte de la sociedad japonesa.
Todavía hoy existen algunos baños termales, gimnasios y piscinas donde las personas tatuadas pueden encontrar restricciones de acceso.
Europa redescubre el tatuaje
Mientras en muchos lugares el tatuaje desaparecía, los grandes viajes marítimos cambiaron completamente su historia.
Durante el siglo XVIII, exploradores como el capitán James Cook visitaron la Polinesia y observaron una tradición del tatuaje profundamente arraigada.
De hecho, la palabra inglesa tattoo procede del término polinesio tatau.
Los marineros europeos comenzaron a tatuarse durante sus viajes y llevaron esta tradición de vuelta a Europa.
Gracias a ellos, el tatuaje renació.
Del puerto a la alta sociedad
Lo más curioso es que el tatuaje dejó de ser exclusivo de marineros.
A finales del siglo XIX se convirtió en una auténtica moda entre la aristocracia europea.
Reyes, príncipes y nobles comenzaron a tatuarse tras visitar Japón o realizar largos viajes.
Entre ellos encontramos al rey Jorge V del Reino Unido, al zar Nicolás II de Rusia y a otros miembros de la realeza europea.
Lo que durante siglos había sido un símbolo de marginalidad pasó a convertirse, por un tiempo, en un signo de sofisticación y exotismo.
El siglo XX: nuevos prejuicios
Las guerras mundiales y el auge de determinadas bandas criminales hicieron que el tatuaje volviera a asociarse con soldados, presos y grupos marginales.
Durante décadas muchas empresas rechazaban contratar personas tatuadas.
En algunos países era difícil acceder a determinados trabajos si los tatuajes eran visibles.
Incluso existieron ciudades donde los estudios de tatuajes estaban muy limitados por la legislación sanitaria.
La revolución del tatuaje moderno
Todo comenzó a cambiar en las décadas de 1970 y 1980.
El desarrollo de mejores máquinas, pigmentos más seguros y normas sanitarias más estrictas profesionalizó el sector.
El tatuaje empezó a verse como una forma de arte.
En los años noventa y dos mil, músicos, actores y deportistas impulsaron definitivamente su popularidad.
Hoy es habitual encontrar personas tatuadas en prácticamente cualquier profesión.
¿Sigue existiendo el rechazo?
Aunque el tatuaje está mucho más normalizado que hace unas décadas, todavía existen diferencias culturales.
En algunos países asiáticos sigue manteniendo cierta relación con el crimen organizado.
En determinados sectores profesionales aún pueden existir limitaciones para los tatuajes muy visibles.
Sin embargo, la tendencia mundial es clara: cada vez se entiende más como una forma de expresión personal y artística.
El tatuaje ha sobrevivido a todo
Pocas manifestaciones culturales pueden presumir de haber sobrevivido durante más de cinco mil años.
Ha sido medicina, religión, símbolo de estatus, castigo, arte, rebeldía y expresión personal.
Ha sido prohibido por emperadores, rechazado por religiones, utilizado por criminales y admirado por reyes.
Y aun así, nunca desapareció.
Quizá esa sea la mayor prueba de su importancia: el tatuaje siempre ha encontrado la manera de seguir contando historias sobre la piel.
Una elección con contexto y criterio
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